AKADEMIA. (SIC).

Por: Post-Céfaléa

Si la academia hubiese tenido el destino de ser objeto de reflexión arquitectónica no podría decirse ser otro que uno brutalista: de aristas ríspidas y material embrionario, su imponencia colosal rebasa el límite de la vista, imponiéndose frente a otros estilos arquitectónicos. Su existencia en el panorama exclama su identidad: solo hace falta pensar en el Auditorio Nacional, el Centro Cultural Universitario, el Colegio de México, el Museo Rufino Tamayo o el Palacio de Justicia Federal para ubicar las similitudes visuales que componen su esencia.

Sin embargo, sería imposible extraer una esencia pura de la pura vista. Ya los grandes profesores de asignatura, que solemos llamar filósofos, establecen la disonancia entre ser y apariencia, marcándose por su impenetrabilidad. Triquiñuelas, ilusiones, enmascaramientos o errores aparecen al intentar afinar un disparo certero al concepto de algo a partir de la reflexión de su simple presencia ante los ojos.

Mismo destino corre nuestro edificio brutalista, que en su interior es más un plano burocrático que un museo o una sala de espectáculos. Su rudeza desproporcionada aparenta una efervescencia de las pasiones o un estatuto nómada de sus habitantes. Su tosquedad nos infunde la idea de errancia. En la carencia de tiempo para el labrado, la pureza se presenta en su estado osco. Empero, en su interior, cada paso se dictamina por el canon, el procedimiento, el proceso o la norma. Una burocracia recorre la academia y la infesta.

Así, la academia se asemeja más al Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores que la Casa-taller de Agustín Hernández Navarro, ambas brutalistas pero disímiles en su actividad interna. No obstante, esta cualidad interna de su cotidianidad tampoco debe confundirse con su ser, sino con su actividad orgánica, su fisiología. Sus aparatos de investigación, financiación o producción funcionan como sistemas de intercambio interior-exterior para el aseguramiento de su supervivencia. De estos sistemas orgánicos se desprende su vitalidad. Una vitalidad constituida/constituyente. Constituida es su característica irrenunciable de apego a la legalidad, su condicionante administrativo sin el cual su legitimidad se pone en duda. Constituye un despliegue propio de la aspereza corporal que mantiene su funcionamiento.

En este edificio no caben las afasias,1 al no encontrarse reguladas en norma, reglamento, ley o constitución. Incluso las pautas de convivencia de sus habitantes se encuadran en normas informales muy específicas. El lapsus, el error o la equivocación no forman parte del repertorio de sus procesos, pues, en su aparición se corre el riesgo de la alteración sistemática que conduciría al desastre. Ruina que escapa a sus paredes y alcanza a sus aledaños. ¿No un error en el cálculo financiero podría detener el proceso de investigación al no contar con dinero suficiente para pagar los becarios? La compulsión de la perfección se confunde con la esterilidad, pues en el gasto de tiempo la vida se va en cumplimiento de trámites y no en la originalidad proveniente del error espontáneo.

Aquí queda pensar sobre lo efectivamente posible en sus actos permitidos: sus procesos orgánicos disímiles en su aparición panorámica de piedra en bruto. Sus habitantes, diferentes a residentes o consumidores, son contingentes, ligados a una labor más que a un lazo sanguíneo. Labor ligada a la actividad cerebral-teórica, relevante en el estudio universitario, que renuncia a la utilización del recuerdo existencial: pretensiones de estudio de la naturaleza en el laboratorio artificial. Bruno Latour analiza las condiciones de investigación en laboratorio, dónde bajo las condiciones más artificiales se aspira a revelar la verdad natural del mundo. El monocromatismo exterior es reflejado en el ejercicio de la investigación.

Tosca, estéril y burocrática: hasta ahora se ha definido así a la academia. Solo hace falta pensar, ¿cuántos no han acusado a los investigadores, pensadores o académicos en general de abstracción, falta de practicidad o carencia de fulgurantes estilos literarios que provocan suspiros o alegrías de una sola lágrima? A eso se le debe sumar el constante olvido de sus integrantes, quienes, en la necesidad de justificar su legitimidad salarial, se les exige la prisa de la producción. Al investigar se está obligado a proporcionar cada medio año una solución sustentable, democrática y clara -sobre todo clara, entendible a cada sujeto mediano. Demanda que produce efectos contrarios a lo deseado, pues, opuesto al aumento de productividad, el resultado es la aparición de programas de Traducción y paráfrasis no citada. Actos furtivos que se presentan como fauna elemental de su sistema orgánico. Microbios, bacterias y virus, vida celular que propicia la efectividad de sus procesos pero que los postulados mismos de la norma, se presentan en tanto actos fallidos.

La geometría angular, cualidad intrínseca de su pretensión, encuentra su emergencia en su obsesión por la identidad, la autoría y la originalidad. Hecho desde el cual el plagio es construido como debilidad del carácter. Pues, así como la geometría se presenta como el cálculo de las proporciones exactas, la autoría es el establecimiento de la formalidad de las identidades exactas. Así, cada cálculo refleja la justa medida de las cosas, tanto la autoría como la justa medida de la originalidad. Un triángulo es un triángulo en tanto que se construye bajo axiomas universales. El producto original lo es mientras sus axiomas universales no sean violentados. Axiomas que exigen la revisión exhaustiva de todo aquello que se ha propuesto en la problemática abordada, para expresar la característica originaria de la propuesta particular. Por ello mismo, la intervención, añadidura, reformulación, son propuestas mínimas que no suplantan a la expresión auténtica de la singularidad.

Un laboratorio brutalista de singularidades, de tal manera podría describirse la arquitectónica académica. Un espacio arquitectónico que contiene una contradicción entre su parecer y su hacer. La rudeza exterior se opone a su compulsión oficinesca interior. Esta contradicción se manifiesta en su existencia. Su historia entraña acontecimientos decisivos de la subsistencia de la contradicción. Así, encontramos grandes hitos que comprueban esta oposición. Hegel resulta un eslabón ejemplar. Su aspereza en la escritura es el brutalismo del siglo XVII, su trayectoria académica es la burocracia germánica de los principados. La fenomenología del espíritu es un libro tan poco leído por las personas fuera del nicho filosófico que poco podría decirse que influye en los actos humanos.

Tal como el brutalismo surgió como la contestación a la nostalgia de la edificación anterior a la Segunda Guerra Mundial, influido por el progresismo socialista, terminó en el olvido y la asociación con la decadencia urbana. Tal como sucede con el viejo edificio Girón, en el vecindario del Vedado en la Habana, el brutalismo se afilia al grupo de edificios abandonados o estériles de la burocracia. Así, el olvido de los principios socialistas implica la afirmación del interés estatal sólo por aquellas actividades que validan sus pretensiones. Por ello mismo, el Estado en su necesidad de justificar sus gastos, presiona a la academia al punto de su funcionamiento pulcro que nada propicia a la creatividad.

Esta radiografía estructural puede entenderse como una diatriba infortunada que nos hace abandonar toda esperanza por una mejoría en sus entrañas. Sin embargo, la historia no sólo comprueba una progresión infructuosa de pretensión. El mismo Hegel -dueño de la aspereza trascendental- influyó ampliamente al pensamiento tanto en forma de crítica como de adhesión, provocando la fertilidad más amplia del pensamiento. Así, tenemos producciones filosóficas de extensión tal que modifican la existencia humana y la forma de nuestras instituciones. Pensemos en el marxismo, el existencialismo, la teoría crítica, la decolonialidad, el feminismo, los estudios críticos del Derecho, la filosofía analítica, la realpolitik. Todas estas corrientes han nacido en el seno de la burocracia como formas de combate hacia la misma. Lucha que no se conforma con la transición en el seno que nacieron, sino que buscan la trascendencia en los espacios mundanos que propician los espacios estériles.

Althusser es quien mejor caracteriza esto al proponer a la academia como un espacio de lucha por los significantes, por el contenido y la actividad ligada a las palabras. Las palabras, que resultan ser los ladrillos expuestos de los edificios brutalistas, constituyen la infraestructura de la academia. Imaginar un brutalismo policromático, en el cual la pugna por la creatividad, fertilidad y la finura se adopten como cualidades intrínsecas de la nueva academia. Cualidades no ligadas al culto de la personalidad o el ritual especializado de la experiencia académica.

La labor de esta sección es proporcionar un brutalismo académico que nos arroje olvido de los espacios burocráticos de pensamiento y muestre esa otra cara de la academia, aquellos en los cuales el pensamiento se apropia de los recursos de investigación y reformula el mundo sin tener que cruzar por las instituciones privadas o públicas con las que se le ha asociado comúnmente. Manteniéndonos lejos del manifiesto petulante, preferimos mostrar nuestra actitud en su sustancia y no en el eterno reproducir de las palabras. No queremos que vengan a leer una argucia sobre qué es la academia superior, eso se lo dejamos a los vanidosos presuntuosos de espíritu débil. Les queremos dar el producto en bruto. Este no es el lugar para buscar artículos académicos, sino el espacio en que el pensamiento se brutaliza, se edifica y se ama. No queda más que decir: “pásale a leer nuestros textos académicos”.

Ilustración: Dalia
ILUSTRACIÓN:
DALIA
1 La afasia es un trastorno causado por lesiones en las partes del cerebro que controlan el lenguaje. Puede dificultar la lectura, la escritura y expresar lo que se desea decir.