Felicidad de humo

Por: Paola Bayod Barrera

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía. Wisława Szymborska, “Bajo una pequeña estrella"

Hasta aquí

El concepto de felicidad ha cambiado a lo largo de la historia. Por tal motivo, nosotros los contemporáneos no podríamos saber con exactitud, si acaso nos lo propusiéramos, lo que ésta es. Intuimos cosas, las sospechamos: por ejemplo, que la felicidad se fundamenta en elementos externos y, en muchos casos, en circunstancias o hechos banales. Lo cierto es que los individuos enfrentamos, hoy por hoy, nuevas condiciones de vida, subjetivizando así el término mismo: «me siento feliz» o «estoy feliz»

Repasemos y reflexionemos superficialmente las definiciones que se le han aplicado a la felicidad. Los griegos buscaron un concepto de felicidad que permitiera, a nosotros los hombres, declararnos una persona feliz antes de nuestra muerte. Por ejemplo, los hedonistas propusieron una solución: la gratificación es la felicidad, sin importar si su origen es sensual o espiritual. Sin embargo, Aristóteles en su Ética a Nicómaco critica esta solución. Afirma que el hombre es feliz si practica virtudes1 a lo largo de toda su vida y, además, si recibe ciertos dones de la fortuna: como la salud, la riqueza o buenos hijos. Así, la felicidad deviene en algo objetivo: externo al sujeto. Una persona que se ha vuelto virtuosa y que actúa según sus virtudes es feliz, sean cual sean sus sentimientos, y cualquiera que cumpla los criterios que Aristóteles ha dado es feliz, así que, no es necesario preguntarles si lo son.

Por otro lado, vemos que la felicidad para los estoicos es la autosuficiencia: «felicidad no es tenerlo todo, sino no desear nada». La felicidad estoica se consigue en un solo paso. El verdadero camino de la felicidad estoica es despojarnos de toda condición y bien material y, en su defecto, guiarnos por el camino de bien y virtud, siguiendo las «leyes de la Naturaleza». Como último ejemplo, para los epicúreos ser feliz es experimentar placer y evitar el sufrimiento: la felicidad, pues, va a consistir en una consecución del placer administrado sabia y justamente, alejado del dolor. Es cierto que en la filosofía griega la felicidad se definía de muchas maneras. Ya definimos lo que era la felicidad para Aristóteles, sin embargo, según la tradición arcaica, los más felices entre los hombres son los poderosos y los ricos. Esta tradición se refutó en la época clásica con la famosa historia de Solón.2

El concepto de felicidad aristotélico perduró hasta la modernidad con Descartes, no obstante, la tradición filosófica cristiana —y el mismo Descartes— marginaban los dones de la suerte o los trivializaban. Sobre esto último, quiero decir que Descartes todavía define a la felicidad en términos tradicionales: la felicidad no es un bien, sino el placer que gozamos cuando alcanzamos el bien supremo, una emoción placentera para la mente. Podríamos decir que Descartes busca reformar los conceptos antiguos y, de alguna manera, lo hace pero sin despegarse de lo eudamónico.

Vamos a ver después que para Kant la felicidad equivale a la satisfacción de todas nuestras necesidades, por lo que expone objetivamente ciertas acciones necesarias a practicar; pero esto va a desembocar en que nadie fue o es feliz jamás, dado que nuestras necesidades nunca están todas satisfechas al mismo tiempo.

No sabríamos responder la pregunta de si esto sigue siendo así. Los hombres y las mujeres contemporáneas se volvieron accidentales. No se les otorga, al momento de nacer, un lugar fijo en este mundo. La razón por la que se ha mencionado lo anterior es que, una de las manifestaciones de este cambio drástico, es la pérdida del concepto objetivo de la felicidad: la felicidad dejó de ser objetiva y se ha vuelto subjetiva. Ya es un sentimiento, una emoción: ya no soy feliz, sino que ahora me siento feliz o infeliz.

¿Cuándo es que la felicidad se convirtió en un sentimiento o una emoción y, en este sentido, subjetiva? ¿De qué clase de sentimiento se trata? Nos detendremos en la respuesta de estas preguntas y, asimismo, reflexionaremos sobre qué hay de distinto en la forma actual de entender la felicidad.

Supongamos que la felicidad es un sentimiento bueno o positivo. En voz de Nietzsche, es un sentimiento que le dice «sí» a la vida. En este sentido, digamos que la palabra felicidad comparte su destino o finalidad con otras palabras como el amor, la amistad o la belleza. La mayoría de los sentimientos positivos vienen a darse como disposiciones emocionales. Sin embargo, es cierto que estas emociones de manera intensa pueden provocar manifestaciones de dolor, sufrimiento, ansiedad y todo tipo de emociones que no son compatibles con la idea positiva de felicidad. Existen otros ejemplos donde se pueden dar emociones positivas, —como estar de buen humor— y esto, en algunas ocasiones, se identifica con la felicidad. Es importante destacar que, así como no todos los sentimientos se asocian a decirle sí a la vida, hay otros que sí se pueden asociar. La felicidad también se relaciona con actividades o, incluso, se expresa mediante el lenguaje. Cuando yo disfruto de un día en familia, escuchar música, bailar o de la buena compañía puedo decir ampliamente que soy feliz, empero, todas estas experiencias emocionales van a tener un significado diferente y van a mostrar completamente cualidades emocionales diferentes en cada persona. En tal caso, el concepto de felicidad va a significar un énfasis o un hincapié, es decir, dicha o placer.

Podríamos enumerar distintas incidencias emocionales y ver cómo tales no tienen nada que ver con el concepto tradicional de felicidad, dado que ninguna incidencia emocional es duradera en el tiempo. Las definiciones anteriores dadas para la felicidad podrían ser erróneas, ya que ser rico o tener una firmeza de valores se pueden percibir como bienes duraderos.

Sobre lo anterior, me gustaría citar el fragmento de una conferencia de Agnes Heller (1999) acerca de la felicidad:

Aunque la felicidad como incidencia emocional no tiene ningún valor, y puede asociarse con cualquier objeto, las expectativas sociales estandarizan esas experiencias personales. Se podría decir que en tal caso la personalidad se reedifica, ya que la persona se siente feliz cada vez que se debe sentir así. Algunas de esas incidencias siguen siendo tradicionales. Por ejemplo, uno se siente feliz el día de su boda o durante una fiesta de Año Nuevo. E incluso si uno se ha sentido muy mal en todas las fiestas de Año Nuevo, otra vez esperará sentirse feliz el año siguiente, porque se supone que así debe ser.

La cita anterior nos hace creer, entonces, que la felicidad ha de ser vista como una obligación, como algo que debería ser porque las circunstancias así nos lo indican. Para continuar con el pensamiento de Agnes Heller, se dice que entre más objetiva se vuelva la felicidad, más banal será la estandarización de los momentos felices. Es decir, si se repiten los mismos momentos, la experiencia de dicha o placer pierde su intensidad emocional y uno deja de llamarles «momentos felices» —v.g. no es lo mismo recibir la primera carta de amor de un ser amado a recibir la carta cincuenta del mismo ser amado—:

Quienes están satisfechos con sus vidas tendrían que ser felices en lugar de sentirse únicamente felices. Pero esto no es siempre preciso. Una persona puede estar satisfecha con su forma de vida pero no ser feliz. La satisfacción o la conformidad pueden también criticarse como señales de la ausencia de aspiraciones, como demasiada modestia en las exigencias.

Todo lo hasta aquí dicho nos hace creer entonces que actualmente la felicidad ya no es un sentimiento, que perdura con el tiempo, sino simplemente es una emoción temporal. Hoy, podríamos decir que se pueden hacer cosas que uno disfruta en sí mismas, y eso significa que se está feliz, sin embargo, no eres feliz ya que hacer cosas que te satisfagan no valida que en realidad lo seas.

Vivimos en una sociedad de consumo donde no solamente lo material basta, sino también el «consumo cognitivo»: las redes sociales, por ejemplo. De algún modo, el consumo de información puede estimularnos para hacernos sentir felices, no obstante, como se mencionó antes, todo esto es una estadía temporal. Sin duda, el cambio que ha tenido la concepción de la felicidad ha sido muy cambiante, pero únicamente ha sido cambiante en tanto a la época clásica.

Quedémonos con una idea que nos da Bertrand Russell: nos advierte que, preocupándonos menos por nosotros mismos, es decir, dejando de reflexionar tanto por nuestros fallos, miedos, pecados o defectos, podemos conseguir aumentar nuestro entusiasmo hacia la vida. Quizás, entonces, para el siglo XXI, la felicidad se da en tanto que pongamos atención en objetos externos —realizar actividades de ocio, como el ejercicio o el trabajo mismo—, pues la vida así resulta más interesante. Podemos concluir con Bertrand Russell que la felicidad no es un regalo divino sino una conquista, por lo tanto, tenemos que pelear y esforzarnos por alcanzarla. Hay ciertas circunstancias inevitables de la vida donde lo más recomendable es resignarnos o aceptarlo: no podemos malgastar el tiempo y las emociones ante contratiempos que son inevitables, pues es totalmente inútil y atenta contra nuestra paz mental.

Ahora, la felicidad, en palabras de Camus, es una actividad original hoy en día. Esto queda demostrado al tener que ocultarnos para disfrutarla. La felicidad hoy es como el crimen de derecho común, así que hay que negarla siempre. No habría que ir diciendo así, sin mala intención, ingenuamente: soy feliz, porque nos toparemos enseguida, alrededor nuestro, con una condena en bocas caninas. Hagámosles parecer que hay que ser fuertes y felices para ayudar a la gente en su desgracia. Actualmente bajo la subjetivación de la felicidad, no podríamos decir lo que es —objetivamente— pero sí podríamos decir que, citando a Camus, podría ser la armonía entre la persona y la vida que se lleva: la vida no tiene sentido, pero sí vale la pena vivirla siempre y cuando se reconozca que no se le tiene sentido.

La felicidad es un sentimiento efímero, pasajero y, aparentemente, carece de valor, pero las experiencias subjetivas le dan un nuevo significado. La única manera en la que los seres humanos accedan a la felicidad es siendo auténticos. Para esto, necesitan destinarse a sí mismos. Actualmente carece de significado porque la vida moderna está fundada en la noción de libertad. Hay dos experiencias que pueden provocar felicidad al repetirlas: las místicas, como las celebraciones religiosas, y las estéticas, como leer un poema, porque facilitan el «abandono del ser». En la actualidad, los hombres no pueden conseguir la felicidad porque son producto de una sociedad insatisfecha y, además, buscamos alcanzar lo inalcanzable; apostamos por la felicidad que no existe, por lo tanto, el solo hecho de existir debería bastar para que muchos sean felices.

Vivamos, pues, lo que se tenga que vivir sin necesidad de buscar emociones o sensaciones de más. No vale la pena seguir buscando felicidad donde no la hay necesariamente. Habría que dejar solamente que los momentos felices ocurran aunque sean muy escasos y, si ocurrieron alguna vez, hay que dejar que el recuerdo se mantenga claro y vivo porque después de todo, habrá valido la pena emprender nuestro corto viaje.

1 Entiéndase como «virtud aristotélica» la virtud de un objeto que tiene que ver con su naturaleza y aparece cuando la finalidad que está determinada por dicha naturaleza se cumple en el objeto en cuestión. P.e. el buen cuchillo que corta.
2 Solón visitó al tirano Polícrates, quien estaba saciado de poder y riqueza: su felicidad. Solón le dijo que «nadie es feliz antes de su muerte» e hizo que el tirano sacrificara algo muy importante, su anillo más hermoso. Recuperando el anillo, conquistan las tierras de Polícrates, lamentándose y dándole la razón a Solón.