La reseña: el espejo “que recrea y enamora”1

Por: Daniel Moreno

Me dispuse a leer una reseña con el desánimo y el desinterés con el que se lee un diccionario. Esperaba datos y ciertos pasajes del libro. Nada más. Pero me equivoqué. Las palabras desfilaron delante de mí con gracia y precisión. Me envolvió una trama hecha de imágenes, de comentarios, de fragmentos, donde abundaban la imaginación y los giros de la inteligencia. Con la reseña en mente, salí a buscar el libro

¿Qué son esos textos que a la vez que nos hacen vivir la magia de la literatura, nos abren la puerta al universo de los libros y nos impulsan de librería en librería para encontrar el ansiado volumen? La respuesta implica sortear un obstáculo: hay quien le niega a las reseñas el estatus literario y quiere condenarlas a habitar las solapas de los libros o la contraportada, lugar, ya se sabe, destinado a satisfacer los fines comerciales de ventas al por mayor. Distintas palabras dicen siempre lo mismo: pase a leer esta gran obra. Entre el rechazo y la frase genérica se oculta el verdadero significado de la reseña

Si el ensayo es el “centauro de los géneros” 2 , la reseña es el espejo: su brevísima superficie tiene la capacidad de reflejar el mundo entero de la literatura y, aun, el universo extra-literario hecho de otras artes, de ciencia, de humanidades, de estudios sociales. Y así, a través de estos pequeños espejos, una época intelectual, un momento de la cultura, deja su imagen fragmentaria, cambiante, contradictoria, efímera y eterna. Son espejos que, puestos en conjunto, nos ofrecen una visión del pasado y una medida del presente. Síntoma de nuestro tiempo: abundan las reseñas de libros que entrevén un horizonte distópico.

Pero el espejo no solo refleja. Analiza sí, pero, sobre todo, recrea: en él confluyen a un tiempo el juicio crítico y el estilo literario, el tono, la voz del escritor. Disfrutamos una reseña si esta logra convertirse en un texto vivo e independiente de la obra de la que ha surgido. Poco importa que el juicio del reseñista sea positivo o negativo. Lo fundamental es que la reseña no sea letra muerta, que el espejo esté finamente labrado y tallado. Lleva mucha razón Elizabeth Hardwick al afirmar que “reseñar libros es una forma de escritura”.

Imagino el oficio del reseñista como el de aquel pintor que Poe creó en El retrato oval. El pintor es un ser “apasionado, valiente y taciturno”, empeñado en reproducir perfectamente la imagen de la mujer a la que ama, para inmortalizarla. Y, sin apenas darse cuenta, termina por trasladar la vida de su amada al lienzo. El reseñista se entrega con la misma pasión, con total intensidad, a la obra que lo ocupa; quiere extraer esos rasgos que le dan vida a las páginas y contemplar la vida misma en ese pequeño espejo.

Es verdad que el reseñista no puede evitar señalar los defectos de la obra, sus inconsistencias y hasta sus contradicciones. Ello le ha traído mala fama a los reseñistas que se esfuerzan por ejercer el juicio crítico. La leyenda negra fue inmortalizada por Percy Shelley y por Lord Byron. En sendos poemas, lamentaron que John Keats se hubiera precipitado a la muerte por culpa del negativo influjo que en él ejercieron las reseñas. Pero la leyenda es eso: una leyenda. Keats murió de tuberculosis.

Los reseñistas no crean verdades; ofrecen perspectivas. Pueden errar en su juicio: Ernesto Sábato acusó a Borges de crear un cuento, La muerte y la brújula, sometido a la racionalidad del esquema. Lo que importa es que sean leales a la literatura: que basen sus comentarios en el texto mismo que escudriñan, que sepan escuchar la voz de los autores y que se abstengan de juzgar la obra por el hombre, por la política o por alguna otra cosa exterior. Que hagan una lectura personalísima de la obra y que compartan la dicha, la felicidad de la lectura.

Quizá por eso, la reseña tiene la rara virtud de enriquecer la obra que escudriña. Para dar un ejemplo memorable, piénsese en lo que los reseñistas han dicho sobre Las Mil y una noches: su título sugiere el infinito y en el volumen está cifrado el Oriente con su magia y sus enigmas, dice Borges; mientras que José de la Colina pone el acento en la narradora de los cuentos, Sherezada, quien “solo armada con sus sueños” y “su arte verbal” logra derrotar a la muerte y se vuelve la protagonista de ese “cuento de cuentos”. Así, la obra literaria se amplifica y se transforma, según los espejos en los que la contemplamos. Es ella y sus reseñas.

Es cierto, empero, que hay simulacros de reseña, falsos espejos. Unos son lisos y claros, donde los lectores encuentran una imagen fría, como el mármol, de los libros; cierta estructura que sin ser prescindible les es esencial y quizá les proporciona su única valía: introducción/síntesis de la obra/comentario; se trata de reportes, de esquemas, no de reseñas. Otros espejos falaces son hechos con el afán de reflejar una imagen distorsionada, monstruosa y terrible: sucumben a las bajas pasiones de la vendetta; inficionadas saetas, sí, pero no reseñas. Tristemente, existe el otro extremo: confundir a las reseñas con artefactos de la “industria del elogio” 3 . El texto adquiere la forma del rito cortesano, ajeno a la crítica y a la inteligencia, más propio de las alabanzas de sobre mesa o de la oratoria del confeti y la fiesta que de los chispazos críticos de la pluma del verdadero reseñista.

No solo es necesario el combate contra los simulacros. Hay que derrumbar un prejuicio: por su pequeñez, suele desestimarse a la reseña. Aciago destino que comparte con el cuento. Tal vez se olvida el célebre aforismo de Baltasar Gracián: “Lo bueno si breve dos veces bueno”. Pues, ¿cuándo la calidad literaria se ha medido por su extensión? Nunca. Hay fárragos que gastan palabras para no decir nada. Peor: para aburrir. “Lo bien dicho, se dice presto”.

Para decirlo claramente: la reseña es un género literario abocado a hacer vivir la experiencia de la literatura, que delinea, sin revelar, los enigmas de la obra que la ocupa. Su tarea última no es despertar la curiosidad del lector, aunque lo haga, es la de crear arte mediante la crítica. Por eso, desafía las cadenas de la academia y de sus términos rimbombantes, técnicos, y supuestamente objetivos, que muchas veces no hacen más que caer en el “agigantamiento del vacío”, para usar las palabras de Antonio Alatorre.

Tras lo dicho, resulta natural que dediquemos nuestra sección Reseña Antonio Caso a coleccionar espejos, creados por jóvenes orfebres dispuestos a rescatar las reseñas del lugar al que las confinaron la incomprensión, el prejuicio y la sumisión a los requerimientos del mercado editorial. Dispuestos a defender los fueros literarios de la reseña con el arrojo de la pluma y la luz de la crítica, capaz de alumbrar las bifurcaciones posibles y los recovecos de nuestro momento cultural.

Algunos dirán que la trágica sucesión de hechos hasta este 2020, de pandemia y desolación, hace inútil hablar de la reseña, porque esta no salva ni salvará el mundo. Lo importante, nos dirán, es cultivar los saberes que permitan detener el reloj de la vida terrestre para que no llegue a su hora final. Pero yo pregunto ¿valdría la pena esta vida sin el encanto de reflejarse en un artefacto lleno de poemas, de novelas, de cine, de ensayos, que se transmutan sin perder su esencia? Mientras viva el mundo y persista lo humano, será necesaria, imprescindible, la reseña: el espejo “que recrea y enamora”.

Ilustración: Angelica Sofia
ILUSTRACIÓN:
CARLOS ESPADAS
1 San Juan de la Cruz, “Cántico espiritual”, en Obras completas de San Juan de la Cruz (México: Seneca, 1941), 958. 2 Alfonso Reyes, “Las nuevas artes”, en Obras completas de Alfonso Reyes, tomo IX, (México: Fondo de Cultura Económica, 1996), 403.
3 La frase es de Gabriel Zaid, “Sobre la producción de elogios rimbombantes”, en Cómo leer en bicicleta, (Debolsillo: México, 2009)
4 Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/oraculo-manual-y-arte-de-prudencia--0/html/fedb3724-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html, (consulta: 10 de septiembre de 2020).