Música y aves:
Vuelos, tonos, colores,
viajes sonoros

Por: Sergio Embleton Márquez

Aves: mira al quetzal, al pavo real, admirables por la belleza de sus plumas; unas semejantes a esmeralda; otras al lapislázuli. No poseen plumas, sino gemas. Observa al cisne: la elegancia de su porte, su figura; parece siempre dispuesto para la danza. Aunque algunas de éstas posean cuerpos diminutos, son seres verdaderamente majestuosos. Alza ahora tu mirada al cielo: tal vez encuentres una en solitario, tal vez una parvada. Ve sus alas extendidas navegando por las auras. Son viajeras, son exploradoras, son libres.

Aves: los músicos, los cantores de la Naturaleza por excelencia; admirables también por sus armoniosos trinos. Nos deleitan, embelesan y cautivan, al punto que han sido fuente de inspiración para los compositores, quienes incluso han tratado de emular sus melodías. Asimismo, importantes transmisoras de mensajes terrenales y divinos a través de su voz y de su cuerpo: las palomas, a la vanguardia con el envío de mensajes breves a la distancia, llamados en ese entonces columbogramas, mucho antes que Twitter; los buitres –doce de ellos– que, según el historiador Tito Livio, fueron el auspicio de los dioses hacia Rómulo para establecer la ciudad de Roma a las faldas del monte Palatino; el gallo que canta al alba y nos anuncia el nuevo día; el otro gallo que emitió señal funesta: recordarle a Pedro las veces que negó a Cristo.

La relación entre el canto de los pájaros y su imitación por parte del hombre tiene una historia que, con seguridad, llega hasta los albores de los tiempos. La primera forma de expresión musical fue el canto, gracias a la capacidad de modulación vocálica que posee nuestro cuerpo, y éste comenzó a desarrollarse partiendo de la imitación de los sonidos de la naturaleza para luego irse refinando al grado de considerarse un don divino y parte imprescindible de los rituales religiosos. Aun cuando tenemos a nuestra disposición millares de palabras que han podido expresar incluso ideas que rebasan el intelecto de la mayoría de los mortales, a veces silbamos para comunicarnos. Se han creado flautas y ocarinas, instrumentos de viento que entonan sonidos agudos con la intención de reproducir con la mayor fidelidad posible sus cánticos. Ahora, haremos un recorrido a través del tiempo para conocer cómo los músicos han plasmado la belleza sonora de las aves. Espero, con ayuda de Apolo, el dios y patrono griego de las artes que apareció en el debut de nuestra revista, ser su guía, sus oídos en este pequeño viaje histórico, ornitológico y armónico.1

Quizá una de las primeras composiciones musicales que imitan plenamente a los pájaros en sus melodías y «lenguas» sea «Le chant des oyseaulx» («El canto de los pájaros»), pieza a cuatro voces del francés Clément Janequin (1485-1558), uno de los grandes compositores del Renacimiento, donde no hace falta saber qué dice el texto para identificar al menos el canto del cuco o cuclillo, con su característico «cucú, cucú», ese mismo cucú que reconocemos por las alarmas de los relojes antiguos o incluso en algunos teléfonos hoy en día.

Y ya que hablamos del cuco, volemos de la época renacentista a la barroca, con el compositor italiano Bernardo Pasquini (1637-1710), quien compuso la virtuosa «Toccata con lo scherzo del cucco» («Toccata con el jugueteo del cuco») para órgano, ese poderoso instrumento de teclas y viento que, no obstante, puede también sonar tan dulce y gracioso como el canto del cuclillo. Es, posiblemente, el más grande homenaje musical que se le haya podido hacer a esa avecilla. Esta obra barroca a su vez fue la inspiración detrás del tercer movimiento de la Sonata para guitarra (1990) –llamado simplemente «La Toccata de Pasquini»–, de uno de los compositores para guitarra clásica más notables e influyentes del siglo XX, el cubano Leo Brouwer (1939).

Pero no sólo en la música que tradicionalmente se ha llamado clásica y otros han llamado académica (honestamente, no termino de entender esta última etiqueta, pero no discutiré esa cuestión; a mis treinta ya me siento demasiado viejo para ello) se ha buscado crear arte sonoro partiendo de la inspiración alada. No teman el gran salto temporal/estilístico y presten sus oídos a «Flight of Birds» de Bedouin (All Day I Dream, 2015), música electrónica –deep house, a propósito de etiquetas en la música– con una melodía que nos evoca Medio Oriente entre trinos y cantos enigmáticos. Y esto es tan sólo un ejemplo.

De vuelta a la época antigua, llegamos a 1650 con acaso el último hombre de esta Tierra que lo supo todo –hasta jeroglíficos, según–, el polímata jesuita Athanasius Kircher (1602-1680), quien en el libro primero de su obra Musurgia universalis (El arte musical del universo) transcribe a notación musical los cantos del gallo, la gallina, el cuco, la codorniz y el ruiseñor2. Pero emprendamos ahora un vuelo más extenso, hasta mediados del siglo XX, con el compositor y ornitólogo –no sólo estudioso de los pájaros, sino también un verdadero apasionado de estos animales– francés Olivier Messiaen (1908-1992). Parte de su trabajo musical está fundamentado en los cantos de pájaros, tal como es posible escuchar en «Le merle noir» («El mirlo negro») (1952) para flauta y piano, «Réveil des oiseaux» («Despertar de los pájaros») (1953) para piano y orquesta –dedicada al notable ornitólogo Jacques Delamain (1874-1953)– o su magnum opus, el Catalogue d’oiseaux (Catálogo de pájaros) (1956-1958), una serie de trece piezas que evocan tanto a las aves como al ambiente de algunas regiones de Francia.

En este punto, el desarrollo de la música ya se encuentra en una etapa atonal y de vanguardia, es decir, esos términos que solemos hallar en las obras, tales como «re mayor» o «si menor» poco a poco dejan de ser protagonistas y los compositores buscan nuevas sonoridades, nuevas formas de creación musical. Así pues, entre 2009 y 2010, más de medio siglo después, el gurú japonés del noise Masami Akita, mejor conocido como Merzbow, inspirándose en el Catálogo de Messiaen, hará lo propio con sus 13 Japanese Birds (13 pájaros japoneses), donde encontraremos ruido, ruido, ruido… y más ruido: una especie de reinterpretaciones distorsionadas de los cánticos del búho, el gorrión, la gaviota, la codorniz japonesa, la paloma, el pato, el cisne, el cuervo, el pollo, el bulbul, la garza, la golondrina y el chabo (gallina japonesa) (¡Lotería!). Un oído acostumbrado a escuchar la obra de Bach (Dios lo tenga en su Santa Gloria), Mozart, Beethoven, Chopin o Schubert puede encontrar sumamente disonante y estridente la música de compositores como Messiaen o Merzbow… sobre todo a este último. Sin embargo, tan sólo se trata de otras formas de expresión. Hay que tener espíritu explorador al momento de disponer nuestro oído a esas composiciones. Tengan el ánimo dispuesto a descubrir cosas nuevas: tal vez encuentren lo que no sabían que les agradaba. Pero batamos nuevamente nuestras alas y migremos de regreso al Barroco, para hablar sobre un Titán de esa época, nada menos que el italiano Antonio Vivaldi.

Alrededor de 1720, Vivaldi, siendo Maestro de capilla, es decir, el director del coro y compositor principal, de la corte de Felipe de Hesse-Darmstadt, comenzó la composición de sus ya muy célebres conciertos para violín y orquesta de cuerdas, Le quattro stagioni (Las cuatro estaciones… ¿Habrá alguien que no las haya escuchado?) (1725), como parte de un ciclo de obras mayor –doce conciertos en total: la mayoría para violín; dos de ellos, para oboe– intitulado Il cimento dell’armonia e dell’ inventione (La prueba de la armonía y la invención), op. 8, título con el que alude a su gran genio y destreza compositora. Las cuatro estaciones fueron compuestas a manera de música programática, esto es una obra que pretende evocar imágenes, historias o sentimientos en los oyentes a través de las melodías y armonías.

Algo no tan conocido de esta obra tan conocida es que «El Cura Rojo», llamado así Vivaldi por su oficio religioso y el color de su cabello, no sólo compuso esta serie de conciertos, sino también escribió sonetos que fueran el complemento de la música. Me centraré en unos cuantos versos del soneto de la primavera y que se relaciona con el primer movimiento del concierto, dado que podemos encontrar la descripción de un sitio idílico, donde destacan nuestras estrellas, las aves, con su gracia y dote artístico:

Llegó la Primavera y muy alegres,
las aves la saludan con su canto;
y al soplo de los céfiros, las fuentes
emanan sus murmullos mientras tanto.
Cubriendo el aire con su negro manto,
la anuncian las centellas en el éter.
Se callan... Y las aves, dulcemente,
de nuevo entonan su canoro encanto.3

Son innumerables las grabaciones, versiones y arreglos que se han hecho de Las cuatro estaciones. Ejecuciones en violín de Itzhak Perlman, Anne-Sophie Mutter o Joshua Bell, la interpretación de la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan, pasando por el inaudito dúo de guitarristas: el clásico Kazuhito Yamashita junto con el jazzista Larry Coryell; los otrora guitarristas finlandeses de Children of Bodom –ahora suena metal–, Alexi Laiho y Roope Lavtala, con su trepidante interpretación del tercer movimiento del «Verano». ¡Y cómo olvidar la versión del primer movimiento del «Invierno», interpretado por los surcoreanos Banya, que aparecía en el videojuego de baile Pump It Up de principios de este siglo! La lista parece ser infinita.

Ahora, hagan el siguiente experimento: siéntense en su sillón favorito, frente a su reproductor de música preferido, tomen –si me permiten la recomendación– el álbum Vivadi: The Four Seasons (Decca, 2004) interpretado por Janine Jansen, escuchen el primer movimiento de «La primavera» a través de sus bocinas o bien, de sus audífonos, si desean una experiencia íntima y liberarse por un instante de este mundo. Escuchen con detenimiento y disfruten la presentación de la Primavera en todo su esplendor. Un poco más adelante, ¿escuchan cómo poco a poco las aves la saludan cantando grácilmente con sus trinos, primero un pájaro, a continuación otro y luego un sutil coro? ¿Perciben el murmullo y el fluir de los manantiales y ríos en ese bosque armonioso? Llegamos a los truenos y rayos resonantes, poderosos: la parte de mayor virtuosismo del violín; notas rápidas, torrentes melódicos que aumentan la tensión cada vez más. Y como después de la tempestad viene la calma, nuevamente aparecen los trinos, pero esta vez con timidez. Puede que aún no sea del todo seguro alzar el vuelo y seguir cantando. Pero ya ha pasado la tormenta, así que con total calma y agrado, las aves celebran la llegada de un nuevo ciclo. Cierren sus ojos, abran sus oídos y viajen por ese mundo sonoro creado por Vivaldi.

Todo comienzo tiene necesariamente un final, así que pondré una pequeña pausa en este viaje, que espero retomar pronto. Descansemos, pues, con un haiku de Kyoshi Takahama (1874-1959), quien fue capaz de captar la belleza de los pájaros y lo efímero de la experiencia estética que resulta la escucha musical:

Trino del ave:
Va ascendiendo… Se esfuma.
Queda el silencio.4

Ilustración: Dalia
ILUSTRACIÓN:
DALIA
Acerca de los autores
Sergio Embleton Márquez (1990). Es guitarrista, traductor y profesor de Historia de la música en Grecia, Roma y Edad Media en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, así como de Latín y Etimologías Grecolatinas en el Colegio Victoria Tepeyac, S.C.
1 Para que la experiencia sea completa, he preparado una playlist que pueden escuchar en el siguiente enlace: https://spoti.fi/3nO2mBP
2 Las transcripciones se encuentran entre las páginas 30 y 31 del libro I: https://bit.ly/2WLcVtA
3 «Giunt' è la Primavera e festosetti / La Salutan gl' Augei con lieto canto, / E i fonti allo Spirar de' Zeffiretti / Con dolce mormorio Scorrono intanto: / Vengon' coprendo l' aer di nero amanto / E Lampi, e tuoni ad annuntiarla eletti / Indi tacendo questi, gl' Augelletti; / Tornan' di nuovo al lor canoro incanto». La traducción/traición/versión es propia.
4 «囀りの / 高まり終わり / 静まりぬ». La traducción/traición/versión es propia.