Un affair of state

Por: Juan Rivas

Y al mismo tiempo, así, juego a
perderte / y a descubrirte, y sé que te
descubro / siempre mejor de como te he
perdido.

Rubén Bonifaz Nuño

Es difícil decir adiós si no te vas.

Segmento de un capítulo de Frasier

No está muerto lo que yace pateado
eternamente. Porque con el paso de los
eones, incluso un lector de Lovecraft
puede ligar.

Plática de cantina

I

Esperar a una mujer en una fuente, hablarle a un perro del amor frustrado. Pura poesía, carajo.

Por la mañana tengo la impresión muy viva de haber resuelto algo, tal vez un dilema sombrío, ayudado con la ecuación maravillosa de algún sueño. Pero luego salgo nauseabundo de la cama. Horrible sensación de desubicado. Veo mis cosas: lámpara, cortaúñas, agenda telefónica; se dejan venir entonces sobre mí, en estampida caótica, mis compromisos. Pagar la luz, llegar limpio a la oficina. Y claro: María. Apersonada con su propio puño. Ella misma me pidió la libreta de contactos; destapó el bolígrafo con los dientes y sostuvo suavemente la tapa entre los labios mientras erigía, con su nombre, el mausoleo perpetuo a su ausencia en mi vida. Sepultada bajo nombres y números telefónicos de amigos distantes, cupones expirados de pizzas, efemérides culturales. El río del tiempo, tornado estanque, nunca fluye para poder verla.

Y para qué tengo una agenda, podría alguien preguntarme. Un vestigio del pasado como mis procederes sentimentales. Su carácter es doblemente inútil: no le hablo a esas personas, ni ellas a mí. Sería inaudito. Tan estúpido como si reclamara mis treinta pizzas. Sólo la tengo ahí por si alguien la hojea, para que vea que la conozco a ella. Y participe conmigo en algo que no es mera fantasía.

María come y anda con una especie de actitud felina. Si le picas una costilla se hace bola. Regresa a su natural complexión en lo que pones y quitas el dedo. Luego se ríe, te inspecciona a ti y a todo el derredor. Se sienta, fatigada, y suspira, como que quiere dormir. No importa qué le estés diciendo o qué le quieras hacer, te quedas solo frente a ella hasta que el azúcar se le compensa y te devuelve la mirada. Darle un beso lo hace sentir a uno con la fuerza ridícula del que no quiere romper algo. Pero a la vez quiere apartarlo, amarrarlo o llevársela a la cama y darle besos, apretarla contra el pecho, muchos besos. Su buenos días en persona es apenas menos fulminante que su saludo por teléfono. Tiene una voz fuerte, pero no grita. Una voz hecha para mandar, pero no a cualquiera.

Rescato, en lo que me alejo de ella para buscarla en el recuerdo, un episodio nebuloso del cual dudar, por su culpa o por la mía. O por la nuestra, si es que existe tal cosa.

II

Tiempo de sobra. Empecé a leer una novela de dos kilos. Compré una bicicleta hecha pedazos; herramientas, pintura. Abrí una cuenta de Instagram en la que sigo a una tatuadora neozelandesa que recorre el mundo en monociclo. Dejé de dormir.

Huecos insoportables de la ausencia de María. Mis llagas expuestas sin sus dedos, mujer de poca fe. Le llamo por teléfono y no contesta. No es que no me busque: se esconde. Me tapé los ojos, reí, conté. Me quedé jugando solo.

Por ahí olí su olor. Corrí a buscar la señal, una cruz en el cielo, porque el ingenio no me dio para más. De vuelta a la cama me hago bola, huelo mi brazo y caigo, de bruces, en cuenta: eso, yo mismo, soy lo que huele a ella. La razón es más bien pedestre: debemos, colijo, usar la misma marca de jabón en la ducha. Hago una redada de productos de higiene personal, tirando a la basura todo lo que pueda parecérsele en esencia, para borrar su rastro. De ahora en adelante sólo marcas austeras. Ah, vida de monje. Ya me veo recorriendo pasillos de la tienda de descuentos, en bata de baño, escogiendo latas sin etiqueta para inyectar de misterio mi rutina.

III

No es pararse de la cama. Es ser jalado de ella por algo que lo catapulta a uno. Sea obligación, compromiso, amor inexorable. Uno cae es así, medio desnudo, con cara de idiota.

Tres días sin salir. Todo mundo pregunta por mí, menos ella. Fuerza bruta, me digo contra el espejo, chocando frentes como los jugadores de americano en las películas de deportes. Le llamo. Afortunadamente contesta. Está a mitad de una junta; yo, afuera de su trabajo. Prometí no quitarle más de cinco minutos. Nuestro encuentro duró menos. Le propuse verla más seguido. Ése era el problema: no nos vemos. Argumenté en su defensa que seguramente no tenía tiempo. Puedo esperar. Quería que lo supiera: hay tiempo. De veras, mucho.

Ninguna prisa, soy enemigo de las presiones.

Un discurso armónico, fiel a sí mismo por donde lo veas. Redondo. Si lo tiras al suelo rebota.

Rebota como mi cabeza contra el pavimento. Soy un hombre esbelto pero barrigón, con brazos ejercitados bajo la repetición de sostener, todos los días, algún volumen grueso de Bolaño o de Thomas Mann a la altura de los ojos, mientras me aferro al tubo del camión. Cuánta arrogancia; guárdanos alguna mujer, podrían reclamarme los futbolistas de la película.

Tipos atléticos como éste que viene para acá. Trae una camiseta ajustada, del mismo equipo deportivo que ella sigue. Siempre empecinada en repetir su afición al deporte y a ese equipo, tanto como yo en hacer de cuenta que podíamos hablar de cualquier otra cosa. Cómo soñaba que llegara el día en que me confesara: discúlpame; cuando hay luna llena, me vuelvo fan de los Elephants. Pero al día siguiente, podemos llevarla de la mano en paz.

Nada se interpone entre la mirada que anticipa el puño y yo. María, manos a la cintura, se encoge de hombros como si tuviera frío, y entorna la mirada inexorable de quien hubiera dicho: te lo dije.

IV

Llegar a la oficina con el labio roto; un ojo oculto entre el párpado y la ceja hinchada. Esperar con preocupación a que los colores disminuyan su intensidad al paso de los días. Saber que el mismo paso de éstos es ya la angustia proverbial de la existencia, porque van hacia mi muerte y la de todos. Ver el negro azul noche tornasolar hacia el rojo violáceo de los mares; hacia la tarde parduzca del verano, con la mano vacía sin la cadera, sin el muslo de María. Terminar en un inusitado verde muerto que me lleva a abofetearme frente al espejo —del lado bueno: tampoco hay que abusar de los caídos—. Eso te buscas por imbécil.

Encadeno mi bicicleta al poste de la entrada y subo, colorado. La secretaria me ve con menos asco por la evidencia de que, al menos para quienes no lo vieron, fui un púgil y no una víctima. Pienso en que debí agarrar a puñetazos la pared o un costal de papas, a mano limpia, para evidenciar en los nudillos inflamados siquiera un dejo de defensa. Pero su displicencia sigue invariable: Otra vez tarde, tardísimo.

El licenciado Rojas te espera en la oficina.

El licenciado se apellida igual que María. Lo encuentro parado junto a mi escritorio, manos a la cadera, y carajo, ya la veo también en su rostro. Me dice que Esto no es normal en ti, Ramírez; que Aquí nos preocupamos por la integridad de nuestros empleados. Me imagino yéndome contra la mesita de cristal atrás de mí y terminando de golpearme el rostro con mis propios puños, llevándome del cuello de la camisa y del nudo de la corbata ante los ojos atónitos del licenciado, para cobrar una indemnización jugosa como en Fight Club.

V

Qué te traes con mi vieja, al tiempo que soltaba el golpe, fue lo único que me dijo. No sé si dije No, pues nada; o sólo No. Definitivamente dije No, lo cual era más una súplica que una aclaración. María me dio el regalo cruel de taparse la cara con una mano durante los primeros segundos, para luego agarrar con sus garras frágiles el bícep definido de su hombre, y quitármelo de encima, haciendo uso de toda su encantadora debilidad.

Fuerte y oportuna, tal vez mi salvación, la bofetada de María. No obstante, sigo anhelando ser yo quien la reciba algún día. En la cama. Con ella a horcajadas sobre mí. Le espetó regaños breves. Ojos inyectados de sangre, lo mismo que las fauces; perro regañado por romper una bolsa de basura. El hocico lleno de mierda, su chistecito embarrado por todo el piso de la cocina. Yo soy ese chistecito. Perro malo, le dice y lo acaricia hasta que se calma, dándome tiempo para huir.

VI

Le pregunté al licenciado Rojas si tenía alguna hermana. Es menos agresivo preguntar en singular y por alguna que por una, pues la proverbial hermana se presta —sin albur— a que le vuelvan a reventar a uno el hocico, incluso en situaciones que aparentan ser del todo civiles. No, me dijo; una prima, inquirí. Pues obviamente muchas. Que mejor le diga a qué va todo esto. María Rojas. No, la verdad no la conoce.

La Verdad nadie la conoce, señor, pienso en lo que caliento mi sopa instantánea. El tercer pitido la anuncia lista, al momento que se apaga la luz al interior del microondas, y dejo de vigilar que el caldo no se riegue para encontrarme ojo a ojo con mi rostro amoratado, reflejado en el cristal de la puerta.

Escucho los cuentos de Dashiell Hamett en radio drama, subidos a la red por algún otro hombre solitario que mata así su tiempo, en quién sabe qué parte del mundo. Reviso por décima vez en esta hora los mensajes del celular. El híper masculino Stemler arremete los puños contra el delicado Ben por haber salido al cine con su esposa. Lo deja bañado en sangre. En inglés le dice algo como ahí muere, pues. Al final, Louis Stemler llega a casa para encontrar la nota de abandono. Doy un brinco, grito y aplaudo, victorioso.

VII

Esta mañana encuentro al licenciado Rojas asomándose tras el cristal de su oficina. Finjo que no lo veo, esquivando con sagacidad el segundo donde se cruzan nuestras miradas. No tarda en encontrar un pretexto para venir a buscarme directamente a mi escritorio. Tengo atrasadas cuatro correcciones de deportes. No sólo las he procrastinado porque ese no es mi trabajo habitual, de eso se encarga El Pollo, al que apodan así porque a alguien hay que llamar así. O no sé, por alguna razón que se me antoja tan intrascendente como la afición de María y su novio Conan el Bárbaro a los Elefantes, de quienes debo reseñar la carnicería brutal con la que ganaron algún nuevo trofeo a la testosterona el fin de semana pasado.

Mi retraso se debe también a la exploración del subconsciente de María. A una búsqueda por ignorar, postergar y darle largas a la gente que depende de ti. Esto lo podría realizar en un ámbito social, familiar o amoroso, por supuesto, alguien que tuviera en su vida debidamente estructuradas tales esferas. Pero no es mi caso.

VIII

Imagino al licenciado Rojas llevándome del brazo al sanatorio mental, padeciendo el desvelo de varias noches con café soluble en vasito desechable mientras me observa envuelto en una camisa de fuerza, leyendo abstraído el periódico (los deportes) y babeando. Cuando me diga que Ya mero nos vamos, Ramírez, tu escritorio sigue como lo dejaste para que vuelvas a trabajar, le diré que Preferiría no hacerlo.

XI

La mujer del licenciado se parece también, qué horror, a María. Podría ser su madre. Este sutil indicio de terror cósmico me conduce, también, a deducir que el licenciado y su mujer se parecen, como si fueran primos, o como los padres de Milhouse. Cuando nos encuentra en la sala, entre las botellas de cerveza, a su marido y a mí, me pregunto qué le daría a María si fuera ella la que se topara, en la misma situación, conmigo y con su padre, que además trae la camisa desabotonada; la corbata por allá, el saco hecho bola entre el brazo y el respaldo del sillón. Se alejaría la moto ruidosa de su novio y nos preguntaríamos qué sigue ahora, si yo ya soy como de la familia. Ya conquisté a tu padre, último enemigo fantasmal de tu atribulada condición femenina, como escribió alguna vez Freud, que inhalaba coca desde las 6 de la mañana.

Pero más bien finjo que no me importa tener nada con ella. Su padre imaginario y yo somos amigos verdaderos. Me lo eché a la bolsa haciendo uso de los recursos más eficaces de su propia hija hipotética, porque a todo mundo le intriga que lo ignoren.

No, los Rojas no tienen hijos, ahora sí estoy convencido —temía que me la ocultaran por algún turbio secreto familiar; encadenada en el desván, donde come pizza y eructa con su novio, viendo horas interminables de ESPN—. Fuera de eso, la borrachera resultó fructífera, en especial para hacerme vomitar y llevar a cabo mis tareas de autocomplacencia, como batirme en la miseria, dejar de afeitarme, anhelar su compañía por otra semana.

X

Adopté un gato. Siento que me acecha desde las profundidades oscuras de cualquier rincón. Todavía no se acostumbra a mí ni al departamento, por lo que es difícil hacerlo salir de su escondrijo, el cual todavía no identifico. Estoy casi seguro de que sigue en la casa. Dejo el alimento por ahí; escucho el crujir de las mordidas, y cuando veo ya no está. Así debió proceder María, con su actitud felina, cuando una noche, justo mientras Ray Lyotta le desbarataba la nariz con la cacha de su pistola al vecino orate que insultó a su mujer, mandó el último de una cadena de mensajes intercambiados a raíz de la golpiza. “Después, no sé”. Eso decía. El mensaje anterior preguntaba “¿Y después?”, y el anterior, recibido hace varias semanas, sólo era “Lamento mucho el problema en el que te metí, como podrás ver primero tengo que resolver esto”.

XI

Numerosos vehículos rozándome la oreja, como las balas a algún general que se asoma a vociferar por encima de la trinchera, cuando me desplazo en bicicleta por la caótica ciudad en hora pico. Me veo obligado a usar de nuevo el autobús. Encuentro a una viejita confundida; va arreglada como iría al teatro Dorothy Parker en la década de los 20. Es un plato de bisteces desamparado entre los perros. Si me preguntara en qué calle vamos, cómo llegamos a tal lado, no me quedaría más que auxiliarla. Renunciar con abnegación a mis múltiples ocupaciones, de las cuales carezco por completo, pero eso nadie lo sabe, para auxiliarla. Y la llevaría a una casa grande. Salen a recibirla sus hijos, angustiados; tienen rato llamando por teléfono, preguntando quién puede conocer su paradero. Que tome sus medicinas, que no la tire el autobús con un arrancón desconsiderado mientras desciende. Como a mi abuelita, recuerdo compungido. Insisten en que pase. En eso llega su nieta. Es joven, hermosa. Es María. Me lleva el carajo.

Ya puedo imaginar que mi puñeta, esta noche, también se va a arruinar cuando se me aparezca como fantasma bajo las cobijas.

XII

El licenciado Rojas trae colgado un dije de la santa muerte. Tras el cuello y la boquilla de las dos cervezas que pidió cada quién en la hora feliz del bar para oficinistas grises, pone grandes los ojos y confiesa: Yo sí creo en todo eso. Le explico que en mi casa habita un fantasma. Me asedia. El de mi ex. Tu ex novia, dice incrédulo. Y empino más de media cerveza, decepcionado porque la parte débil de mi historia no sea que exista tal cosa como un puto fantasma, sino que yo haya tenido novia alguna vez.

Lo que no le dije, porque él no podría entenderlo, es que el espectro de María no arrastra cadenas. No aúlla ni muge ni gime ni carraspea ni me llama con ecos de ultratumba (“Emilio, vengo a darte el beso que me pediste…”). No es fosforescente ni traslúcida. Se la pasa echada todo el tiempo en mi sala, viendo la televisión, acariciando de la oreja a Hammett para hacerlo ronronear como yo alguna vez, lo juro, no miento aunque sí me vanaglorio, logré que ella lo hiciera. Si estoy preparándome un sándwich, está sentada junto a mí, ignorándome. O lo que es peor, hablándome de los Elephants. Jimmy Smith anotó cuatro cuadrangulares, es todo lo que dice, porque yo no sé la más insignificante cosa sobre deportes, y es lo mejor que arroja mi fantasía atribulada.

XIII

Este mensaje es sólo para decirte que necesitas venir urgentemente a mi departamento, porque eres un fantasma y ya me tienes hasta el gorro. Casi tiro el celular al mingitorio, mientras me apoyo con la cabeza sobre la pared y decido no enviarlo. Archivado con los de su clase. Decenas de invitaciones, súplicas, ultimatos y reflexiones espontáneas que he estado a punto de enviarle en condiciones semejantes de intoxicación. A veces pienso que el único lector de esos intentos de mensaje será algún pasante aburrido del Servicio Médico Forense, mientras hurga entre las pertenencias de mi cuerpo frío e hinchado, luego de ser atropellado por circular a la hora pico en bicicleta.

El licenciado Rojas me ofrece: Yo conozco una espiritista muy buena, si quieres la llevamos a tu casa para hacer una sesión, y exorcizamos al fantasma de tu ex. ¿La médium se especializa en Lacan?, pregunto. No sabe. Salimos del bar rebotando uno contra otro, lo cual de alguna manera nos impide caer al piso.

XIV

Tiemblan la mesa y las paredes. Hammet huye despavorido en una dirección; es engullido por la oscuridad y arrojado en sentido opuesto, perseguido por el fantasma desgreñado de María. El licenciado Rojas, Enriqueta la Médium y su seguro servidor, tomados de las manos viendo materializarse a una mujer esbelta, joven, guapa. Ella y la bruja se comunican en frecuencias cósmicas, lejanas, inaudibles, como mil trompetas que destellaran desde las profundidades de la Atlántida. Yo no soy su ex, le explica el fantasma de María: ni siquiera hemos tenido relaciones sexuales. Salimos durante un período de ruptura intermedia que tuve con mi prometido, pero nunca me atreví a llegar más lejos con él. Sin embargo, se clavó con tanto ahínco a mi persona, que me impide abandonar esta casa.

Híjole, qué incómodo es el resto de la noche. Apuro tres cuernitos con jamón y mantequilla, que preparó la esposa del licenciado Rojas para los amigos de su marido en esta noche de cartas y sesiones espiritistas.

Es cierto, nunca llegamos a intimar. Ella terminó las cosas antes de que sucedieran. Resulta un misterio, sin embargo, que esté aquí su fantasma, siendo que no hubo vínculo carnal. A menos, se lleva Enriqueta la mano al escote de pechos enormes; puede haberse aferrado tanto a ti si es que has tenido sexo con su fantasma. Ah, eso sí. Casi a diario, de hecho. Cómo murió, quiere saber el licenciado Rojas, en lo que se acaba el tercer bolillo para el susto. Pero si no ha muerto, vive con su novio, les confieso. Pues está raro, de verdad, concluye Enriqueta mientras deja caer la mula de seises sobre la mesa de mi cocina, llena de botellas vacías y por vaciar, abriendo el tercer juego de dominó.

Le gustaste a Enriqueta, me dijo el licenciado Rojas en lo que la médium fue al baño, y yo escucho sonar el intro de All Along The Watchtower en la versión de Jimi Hendrix. Tiene 47 años y me parece algo pasada de peso. Valiente juicio viniendo de mí, un hombre de trapo con cara de vendedor de enciclopedias. Y algo cambió en ella durante el ritual. El fantasma de María la poseyó; después de conocer lo patético de mi situación, comenzó a tratarme con cierto desprecio. Sube la música, asciende el solo.

XV

Suena la alarma. Enriqueta debe irse porque su tienda de velas, inciensos, santos y Herbalife no se va a atender sola durante el día. Ahora me cae el veinte: es una versión tropicalizada de Elvira, de Morticia, de Vampyra. La veo en lencería negra, gótica, como de video de Nightwish. Amarga mi risa sardónica: debí disfrutarlo más. No salgo de la cama, ni me atrevo a salir de las cobijas para vestirme. En cuanto traspone con su pie la puerta, me quedo esperando la explosión de centellas, el humo, el batir de alas de murciélago. Vuelvo a revisar mi teléfono. Ahí están las innombrables fuerzas del mundo esotérico puestas en acción: tengo un mensaje de María. Dice que ayer me soñó. Yo te sueño diario y no lo presumo, escribo atropelladamente, y Hammett enseña el culo bajo la cola peluda mientras se estira. En su mirada despreciativa hallo toda la sabiduría del reino animal, al que a veces nos ufanamos los hombres de pertenecer.

No lo envío. Archivado con los de su clase. Tengo todo el tiempo del mundo, soy enemigo de las prisas. Un discurso redondo tiene sus ventajas: además de rebotar, puede irse rodando a la chingada.

XVI

Los artículos de deportes quedaron antes del mediodía. Para las 4 ya había terminado el resto de las correcciones y pude dedicarme a mi verdadera pasión, que es pasar novelas detectivescas por el traductor, del inglés al japonés; luego de regreso; luego tratar de pasarlas al español, en busca de una auténtica obra maestra del género surreal-noir. El hombre escoba trasladó la suficiencia bendita hasta la alcoba del cielo, y posó sus párpados en la bala que disparó adentro de.

Nunca se debe terminar una frase con una preposición, más que por el placer de. Hasta que dieron las cinco me di cuenta de la ausencia de María. Ésta no había sido palpable desde que abandoné el celular en el cajón de la cómoda, junto con la agenda y el cortaúñas, los cupones de pizza, el tiempo estancado del río que no fluye pero cómo me habla de ella.

XVII

Eso. Agarrar la bicicleta, ir hasta el centro comercial, comprar un reloj de chicharra para usarlo como despertador. Cosa de ponerme los zapatos, tomar una botella de agua, agarrar mi casco, encerrar a Hammett para que no huya mientras abro la puerta y saco la bici. Obviamente no hice nada de eso. Cuando abrí el cajón para programar la alarma de mi teléfono, había dos llamadas perdidas de María y cinco mensajes. Necesito hablar contigo. Están pasando cosas raras. Esto es el colmo, te metiste a mi casa. No sé si seas tú pero por favor, es idéntico a ti. Atraviesa las paredes y cambia de tamaño.

Sonrío con complacencia, borro los mensajes. En un arranque de bien merecida y muy extrañada soberbia, elimino su número de mis contactos. No es que no lo sepa de memoria: veinticinco cuarenta y siete cincuenta y calla, amígdala endemoniada, calla. Ahora yo llevo el timón. Ya hasta tengo crecida una barba que, pese a lo irregular y rala, me da un aire de eremita sabio, y me hace parecerme un poco a Hammett. Duermo como gato haragán, hasta las tres de la mañana, hora de los aquelarres y la crucifixión inversa en los bosques tenebrosos. La fuerza de la costumbre me lleva a recibir la aparición fantasmagórica con una erección, como cuando el espectro de María tenía acceso libre por mis sueños. Empero, me acuerdo del nuevo camino, y expulso al ser de una patada. Cae de la cama y gime con la voz más lastimera, el quejido de un gusano pestilente, de una babosa pusilánime. Lo único que dice, provocando que se me electrifiquen los poros y apriete las nalgas, es mi clásico: ¿Y después qué?

Me reconozco al momento.

XVIII

Ven por mí y ayúdame, me dije. No sé cómo sacarme de ahí, me contesté. Es que no entiendo, me reprocho con un sentimiento de impotencia y frustración que me hace aborrecer lo que he significado desde siempre para María. La vida en esa casa es abominable. No hay más que gritos y peleas, y a mí solamente se me usa en escenarios oníricos más bien lamentables, siempre sexuales, muy vergonzosos. A ver, cómo está eso, explícame. No, hombre, puro sometimiento. María recurre a mí para puras cosas que su marido no permitiría; es más, cosas que si ella se las propusiera, la abofetearía. Típico de Conan. Pero cuáles cosas, platícame, me pido mientras me llevo la mano bajo el bóxer. Mira, para empezar, tengo que estar ahí sentado en la sala mientras ven los deportes, porque nunca ven otra cosa. Esa es una reducción muy simplista de las mentalidades de mis enemigos, pero te la voy a pasar por fines meramente narrativos, porque esto tiene que fluir y concluir. Yo de hecho considero que debió acabar hace algunos párrafos. Tiempo hay, de sobra. Sí, ya sé, me interrumpo: eres enemigo de las presiones. Cállate y habla: quiero detalles. Ah, quieres que te dé de-talles. Mira, no me alburees; aunque, pensándolo bien, un poco de amor propio no me vendría mal. Mi fantasma y yo nos vemos a los ojos fijamente.

XIX

Despierto con las sábanas pegadas al estómago y no me importa, sonrío; más bien descubro aún vigente la sonrisa con la que dormí toda la noche, felizmente masturbado. Me estiro con placer enredando los pies en mis tobillos. La luz externa armoniza en una melodía brillosa, reluciente, con la paz silenciosa de mi pecho. Encuentro la placidez de Hammet, que imita mis abluciones matutinas con idéntica relajación. Y de algún modo la entiendo a ella.

Hay tres nuevos mensajes: el primero, de Henriette (tal es el alter ego de Enriqueta en redes sociales). Es un video de ella misma, con un fondo de mosaico blanco. Está sentada en el retrete, orinando. La cámara de su celular captura el rostro, la sonrisa; luego desciende para enseñarme las rodillas separarse y culmina a unos veinte centímetros de la cascada cobriza. Me prendo. El segundo mensaje es del licenciado rojas. Me invita a ver el juego de los Elephants en su casa; va a asistir Enriqueta, agrega antes de terminar con un Emoji. Viejo ridículo, sonrío, y confirmo mi asistencia. No leo el tercer mensaje.

Acerca del autor
Juan Rivas (Puebla, 1987), licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica, maestro en Literatura Mexicana y estudiante del Doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sus líneas de investigación son el humor y el erotismo en la narrativa mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Como narrador ha participado con el cuento “Luz velada” en la antología El origen perdurable: reunión de historias maternales (2017), publicado por la BUAP en la colección Asteriscos.