Chicas muertas, Almada Selva

Por: Livia Helena Rösel González

En el libro Chicas muertas, Selva Almada describe dos feminicidios y una desaparición, las cuales ocurren en diferentes provincias de Argentina. Los relatos se intercalan y, adicionalmente, la autora menciona de manera transversal múltiples casos de violencia, misoginia normalizada y otros feminicidios ajenos a los tres casos principales.

Cada feminicidio ocurre de manera diferente; cada víctima se desenvolvía en un contexto ajeno, pero el desenlace para todas fue el mismo: nadie sabe qué pasó con ellas. Además de su trágico desenlace, lo único que las unía fue la circunstancia de nacer mujer en una sociedad patriarcal. Andrea, estudiante de psicología, apuñalada en su corazón; asesino desconocido. María Luisa, quince años, desaparecida; cadáver encontrado días después con signos de violencia y violación; asesino y violador desconocido. Sarita, madre adolescente, sale de paseo: nunca regresa, paradero desconocido; perpetrador desconocido. Sus casos impunes; la sociedad indignada.

La autora toma estos casos y empieza una extensa investigación para acercarse a la verdad, saber qué ocurrió con ellas. Ella llega a recurrir a videntes, igual que familiares de las víctimas que veían cómo la policía sólo se volvía a topar ante una pared, en un camino sin salida. Al buscar al responsable de estos horribles actos, todos son sospechosos en algún punto: el novio, el esposo, el amante, el chofer, la lista sigue. Sabemos que todos pueden ser posibles culpables de estas horribles escenas. La policía interroga a todo ser con tal de tratar de encontrar a un posible victimario, pero sin éxito. Selva Almada menciona: “Como nunca se pudo determinar de qué manera había muerto Sarita, el único sospechoso de su desaparición finalmente fue sobreseído”.1

Recuerda al lector que una mujer jamás podrá estar segura; a ellas se les enseña a temer, pero el peligro siempre puede hallarse cerca, disfrazado del aliado más cercano. La misma autora los describe de la siguiente manera en uno de los relatos: “Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El horror podía vivir bajo el mismo techo que vos”.2

A lo largo de la narración se puede notar cómo la autora describe la misoginia ante la cual nos desenvolvemos de día a día: mujeres golpeadas por sus parejas, mujeres juzgadas por sus elecciones privadas, mujeres acosadas cuando apenas son unas niñas, el hecho de que ninguna mujer está exenta de no regresar algún día.

Un caso que incluso la autora ve como algo inocente es el espionaje que hace un señor de 50 años – mencionado en el caso de Andrea – a las muchachas a través de sus ventanas. Después de leer todo tipo de casos de abuso y violencia contra el género femenino, este pequeño “pasatiempo” se percibe como inocente. No obstante, representa lo normalizado que tenemos este tipo de actos. Efectivamente, los asesinatos, las desapariciones, las violaciones, los secuestros, la trata de personas son de las atrocidades más grandes en las que se desenvuelve la violencia de género, ¿cómo llegamos a ese acto privado de toda humanidad? El hombre que espía mujeres, pero no es considerado “grave”3, ya que no daña a nadie. Los actos que no se ven: la parte invisible del iceberg que se encuentra debajo del agua y lugar donde comienza todo. Las mujeres en sus cuartos no pueden sentirse seguras de que están en su intimidad; el miedo constante de ser observadas las acecha. Desde ahí escala todo, tomando como ejemplo a los hombres mirando lascivamente a las niñas llenas de inocencia que apenas empiezan su pubertad. La infancia no está a salvo, la infancia ya significa ser una posible víctima de este sistema que siempre ha marginado al “segundo sexo”. La mujer que no es capaz de rechazar de manera directa los coqueteos de un hombre, porque hacerlo significa jamás volver a ver a su familia.

Todas las historias narradas muestran la impunidad de los casos, los hombres saben que pueden raptar, violar y asesinar; jamás serán llevados ante la justicia. La familia busca la verdad, el paradero, pero a veces ocurre como los huesos que se habían identificado ser de Sarita, que son de “(…) otra mujer muerta por la que nadie reclama o a la que todavía su familia la sigue buscando (…)”4. Las historias son innumerables, a diario se transmiten nuevos casos en los medios y que, a pesar de su número, no son todas los que ocurren. Almada señala que en Argentina en 2014: “Al menos diez mujeres fueron asesinadas por ser mujeres. Digo al menos porque estos son los nombres que salieron en los diarios, las que fueron noticia”.5

La gente se indigna al leer, pero prosiguen a pasar por alto las pequeñas actitudes de los hombres que lo causan: culpan a la mujer por una falda, por tomar el camino equivocado, por existir. Se le enseña a la mujer a cuidarse, andar en grupos, no salir tarde, llevar ropa modesta. Es más fácil señalar los errores de las víctimas que educar: a las niñas, a las mujeres no se les toca, no se les daña, no se les pega, no se les viola y no se les mata. En fin, Selva Almada, a través de este libro, nos recuerda mediante estos desgarradores casos reales que las víctimas de la violencia tenían una sola cosa en común: haber nacido mujeres; su sentencia.

1 Selva Almada, Chicas muertas, (Buenos Aires: Epub Libre, 2014), 53.
2 Ibid., p. 9
3 Ibid., p. 58,59.
4 Ibid., p. 54.
5 Ibid., p. 77.